El explorador
Decenas de ojos en el bosque
miran cada uno de sus pasos
y de sus movimientos,
el desconocido en esas tierras
no los veía, no los escuchaba, no los olía
encerrado en su laberinto,
se movía paso por paso;
en este continente andamos todos perdidos
pensó en voz alta.
Después de incontables horas
enfrentando su propia muerte,
recordaría vívidamente cada decisión
cada momento de ese día,
el cruce del rio, los pajonales de la ribera,
el lodo de las barrancas, la calidez de la mañana
una palma y sus racimos de frutos amarillos.
Esa noche, como cada noche,
graba sus iniciales en la piel de un árbol
revive el día y en su diario
describe ese mundo virgen
poblado de extrañas plantas y animales
piensa en su gente y en su rumbo,
todavía incierto,
observando las estrellas se envuelve en su manta.
Toma asilo en la noche y duerme.
Sueña en otros lugares,
en una calle de adoquines,
en un portón cerrado con candado,
en un jardín rodeado de paredes,
en ese niño que él era
al otro lado del mundo.
No hay historias de él,
ningún ancestro lo ha soñado,
no tiene, todavía, palabra que lo describa
mucho menos un nombre,
sería una forma de aceptar al intruso,
de adoptarlo como parte,
no hay comentarios, ni opiniones,
de lagartijas, del cuervo, de la urraca,
solo preguntas y ninguna respuesta.
Pero existe, camina y no entiende esta tierra,
sus custodios o sus leyes,
sus senderos, sus pozos de agua, sus brisas,
no es parte de ella, solo de paso,
transitorio, temporario,
un autómata, un cuerpo frágil,
débil por la escases de alimentos.
Presiente su muerte en el aire
la espera en sus desvaríos
entiende que la tierra lo transforma,
lo fagocita,
no hay manos que lo ayuden.
En un instante el laberinto se abre
y ya no es más.
Quedan solo vagas historias
preguntas inconclusas,
una idea desapareciendo.
Terminado el 15 de Agosto de 2026

